Crítica para disipar la niebla
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la obra del siglo

Por: Andy Muzalf

El problema no es si son independientes en todo el sentido de la palabra o financiados por “oscuras instituciones” a las que no les interesa el verdadero desarrollo del cine cubano. El problema no es si sus obras plantean un paradigma estético y de producción otro, o son el resultado del simple morbo (válido también) de ir en sentido contrario al Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

El problema es que se está haciendo mucho audiovisual al margen del ICAIC y no se está exhibiendo en nuestros cines. O peor: no está siendo reconocido ni por la historiografía ni por la crítica ejercida desde la prensa oficial.

Si tomamos en cuenta que el número de audiovisuales realizados con el apoyo de productoras no estatales es actualmente mayor a las producidas por el ICAIC, nos estamos dando el lujo de condenar al olvido a una parte importante del audiovisual cubano contemporáneo, por no decir casi la totalidad.

Y no. Una distribución informal a través del Paquete Semanal o exhibiciones clandestinas en el patio de determinada embajada o galería privada están lejos de ser la solución, si bien es la que se ha encontrado hasta este minuto. Para lograr que el “cine independiente” tenga los mismos derechos de exhibición y distribución que el privilegiado por el ICAIC hay que partir de un reconocimiento mutuo: de la institución hacia los “independientes” y de los “independientes” hacia la institución.

Libro Voces en la niebla

Con el empeño de rescatar ese audiovisual cubano contemporáneo del ostracismo crítico llega el libro Voces en la niebla. Un lustro de joven audiovisual cubano (2010-2015), del periodista y crítico de arte Antonio Enrique González Rojas (Cienfuegos, 1981).

Editado por Ediciones Claustrofobias, de Santiago de Cuba, el texto es una compilación de once reseñas críticas en la que se analizan obras como Memorias del desarrollo (Miguel Coyula), Lavando calzoncillos (Víctor Alfonso), Melaza (Carlos Lechuga), Caminero (Sebastián Miló), La obra del siglo (Carlos M. Quintela) o La Isla y los Signos (Raydel Araoz). Una selección que incluye tanto largometrajes y cortos de ficción, como largos y cortos documentales y de animación.

Si bien la muestra no es exhaustiva y no se deja claro cuál fue el criterio de selección de las obras (digamos que le faltó un prólogo que aunara a todos los audiovisuales en un solo concepto o criterio de selección explícito, además del evidente de ser realizados por jóvenes cubanos durante un período de cinco años), el libro del también guionista del programa televisivo Lente Joven se presenta como un necesario ejercicio crítico hacia un corpus audiovisual del que se escribe poco (y estoy siendo bondadoso) en los medios tradicionales cubanos.

Este volumen tiene el mérito de analizar las obras seleccionadas desde un posicionamiento estético, es decir, que se critica la calidad de las obras a partir de criterios artísticos: no se contamina con cuestionamientos morales o si las películas van a favor o en contra de un proyecto de sociedad X o si muestra una “realidad” distorsionada.

Por esta razón podemos encontrar Entropía (Eliécer Jiménez, 2013) entre las películas analizadas, un documental con tantas lecturas como referentes cinematográficos en su estructura narrativa. Dice Antonio Enrique al respecto:

Rara avis en Entropía por su conciliación bastante armoniosa de esta tendencia reporteril de la documentalística cubana con la solidez discursiva, el análisis profundo, más la contextualización histórica, la contraposición con sucesos y elementos pretéritos, ausente todo esto en la mayoría de sus homólogos. Cualificada queda finalmente la obra como ensayo visual al estilo de los trepidantes primeros minutos de la cinta Memorias del desarrollo, en que la coyuntura de 1959 experimenta una visceral (y muy saludable) relectura, emulados casi miméticamente en forma e intención por el propio Eliecer en la luenga introducción de su En un paquete de espaguetis (2012)”.

Del mismo modo podemos constatar la profundidad crítica del libro en otro fragmento en el que examina el cortometraje Crepúsculo (Pablo Daranas, 2015):

“A salvo de las excesivas ambiciones ontológicas de quien ‘mucho abarca y poco aprieta’, el realizador se concentra en sus objetivos desde una seguridad narrativa sustentada más que todo en el preciso guion, y el montaje —acometido por el propio Daranas—, cuya languidez se aleja de la pedantería pseudoautoral de planos-largos-por-gusto, para desarrollar un relato necesariamente calmo, melancólico y sobre opresivo, que, junto con el plano secuencia final, donde los créditos aparecen sobre un amanecer, una ascensión del sol en el firmamento filmada en tiempo real, remite a una posible influencia del mexicano Carlos Reygadas, sobre todo con su cinta Luz silenciosa (Stellet Licht, 2007) y un tanto de Japón (2002), por la atmósfera igualmente pausada, casi inmóvil. La fotografía de Alejandro Menéndez y la dirección de arte de la siempre segura apuesta que es Erick Grass, contribuyen otro tanto a la coherente urdimbre del cosmos donde Alicia y Abelito dialogan desde sus silencios”.

La amplia cultura cinematográfica de González Rojas no da lugar a dudas en este texto. El autor juega constantemente con referentes de la cinematografía universal y los hace confluir en el contexto cinematográfico de la Isla, activando mecanismos comparativos que convierten a las reseñas en un delicioso contrapunteo referencial. Basta fijarse en algunos de los títulos de las reseñas para constatarlo: Lavando calzoncillos: Señora Dalloway a lo cubano, La Isla y los Signos: el eterno resplandor de la mente (inmaculada) de Samuel Feijóo, Lo que el siglo se llevó. O bien leer el propio cuerpo de los textos, como este fragmento de la reseña crítica a Mundo sumergido (Alien Ma, 2013):

“(…) se ancla en añosos clásicos como Peace on Earth (Hugh Harman, 1939) o la larga
saga de “acción real” The Planet of the Apes (desarrollada entre 1967 y el propio 2014), en tanto el elucubrado mundo pos apocalíptico poblado por animales racionales que anidan entre los restos de la Humanidad autoexterminada; en el no tan ancestral largometraje animado Wizards (Ralph Bakshi, 1977) y el cuento En estado latente, del canadiense A. E. Van Vogt; en tanto la pervivencia maldita de las extintas tecnologías del odio, como volátil cofre de Pandora listo para desencadenar el Armagedón, apenas sea entreabierto”.

El audiovisual cubano producido y realizado por otras vías ajenas al ICAIC también necesita de la crítica. Necesita que se le valore su calidad como producto artístico. Es un modo inteligente de filtrar las películas que merecen pasar a la historia, en lugar de castigarlas en absurdos tribunales de honor o censurarlas con argumentos flacos.

Hay que dar espacio a que los críticos hagan su trabajo, como lo ha hecho Antonio Enrique con Voces en la niebla.

 

 

El libro de Antonio Enrique González Rojas Voces en la niebla. Un lustro de joven audiovisual cubano (2010-2015), en su versión ebook, estará prontamente disponible para descargar en la página de Encuadre.

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