Estaciones fabuladas en La Habana
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Foto Estaciones 1

Cuatro estaciones en La Habana complace el morbo europeo del “nuevo mundo” salvaje y caníbal. Así es la serie original de Netflix que adapta a la pequeña pantalla a Mario Conde, el irreverente detective creado por Leonardo Padura.

Por Andy Muzalf

Supongamos que en La Habana se pueden definir las estaciones del año; que hay primaveras, veranos, otoños e inviernos; que alguna vez hemos visto desde cualquier ventana cómo se derrite la nieve en un jardín cualquiera, o cómo se llena de hojas muertas; que esperamos con ansias que llegue el verano para quitarnos los abrigos y broncear nuestros supuestos cuerpos blanquísimos.

Imposible. La Habana transcurre en la monotonía tropical del sol y el aguacero. Es difícil otorgarle a la ciudad pautas temporales cuando aquí el año no se divide en cuatro paisajes diferentes sino en el hastío de un verano casi eterno.

Acaso con ánimo similar al Luis López Nieves que fabuló un acto de resistencia patriótica en Puerto Rico, Leonardo Padura, exitoso escritor cubano, quiso inventarle estaciones a La Habana en una tetralogía de novelas aparecida durante la década de 1990.

Las de Padura son estaciones vinculadas con crímenes, con una ciudad en ruinas, con estructuras mentales oxidadas, con una sociedad zombi. Son niveles de la decadencia más que estaciones del año.

Aquello que mantiene la intriga en sus novelas –y que también transmite de modo elocuente la serie televisiva dirigida por el español Félix Viscarret– no es la tensión por develar la identidad del asesino, sino la de descubrir cuáles son esas estaciones que se pueden ver en La Habana.

El misterio de un cambio en la cerrada configuración climática de la isla, pero a la vez, el de un cambio posible en la vida de sus habitantes es en definitiva lo que pudiera llamar la atención en una serie que, como el libro, presenta como puede esa sociedad deshumanizada que ya conocemos por sobrexposición.

***

Con Cuatro estaciones en La Habana se complace una vez más el morbo europeo del nuevo mundo salvaje y caníbal “descubierto” en los viajes de Colón. Los personajes se desenvuelven bajo la lupa de esa mirada colonizadora y actúan como si vivieran en una jungla en la que la ley principal es la de la supervivencia. El propio Viscarret ha dicho: “en La Habana las cosas cambian a un ritmo diferente o en una dirección no siempre en paralelo con otras ciudades occidentales (…), la vida en La Habana es como estar en otro planeta con otras leyes de la física”.

Los planos en picado de la ciudad que son empleados constantemente en la serie refuerzan aún más esa idea (la mirada serena de un espectador superior –ojo de Dios– que observa cómo se desenvuelve la vida en la tierra que fundó).

Dentro de esa jungla, y tratando de restaurar un orden perdido (recordar que la trama se desarrolla en los años del Período Especial, momento de crisis económica y de valores), Mario Conde (Jorge Perugorría), un irreverente investigador de la policía cubana, se enfrenta a los delitos más diversos. Pero sobre todo, lucha contra sus demonios, muchas veces vinculados a esos mismos casos que tiene que resolver o a su mala suerte con las mujeres. Con regularidad, en los casos que tiene que resolver lo acompaña Manolo (Carlos Enrique Almirante), joven investigador que, como Watson, se deja llevar por la intuición de ese Sherlock caribeño que es Mario Conde.

 

Jorge Perugorría y Juana Acosta en una de las escenas de la miniserie.

Jorge Perugorría y Juana Acosta en una de las escenas de la miniserie.

 

Los personajes son creíbles y están bien interpretados. Lo más interesante es la transformación que experimentan, en especial los asesinos y sus víctimas, que suelen tener una historia igual de oscura que sus asesinos. Fundamental en una estructura narrativa clásica como la que sostiene Cuatro Estaciones…, dicha transformación es perceptible a través de máscaras que caen todo el tiempo y en cada uno de ellos, despojos de apariencias, porque solo así puede contarse una evolución en un espacio-temporal tan homogéneo y denso, estático a primera vista.

Otro elemento positivo de los personajes que intervienen es la ausencia de aquellos propiamente “buenos” o “malos”. Sus actitudes son un melange (como en la vida misma), hay matices, no son rígidos. Sus acciones nos conducen muchas veces a repensar los estereotipos de la conducta humana, sus límites, como mismo les ocurriera a los habitantes de la isla durante el Período Especial.

La miniserie, producida por la española Tornasol Films (El secreto de sus ojos) y la alemana Nadcon (trilogía Millennium), busca problemáticas sensibles del sistema país y las vuelca en cada uno de sus cuatro capítulos: una escuela en la que se consume droga (capítulo 1: Vientos de cuaresma), un robo millonario que lleva a cabo un alto directivo (capítulo 2: Pasado perfecto), el rechazo de un supuesto dirigente intachable hacia su hijo homosexual (capítulo 3: Máscaras), o la avaricia, el oportunismo y la doble moral (capítulo 4: Paisaje de otoño).

Mikel Salas (Bajo las estrellas) es el encargado de la música, puesta acertadamente en función de la progresión dramática y de la generación de tensión en momentos clave y en el clímax de determinadas situaciones de la trama.

Sin embargo, la banda sonora en general no va más allá de su encargo de acompañar la imagen o de sonorizar todo lo que se mueve en las diferentes escenas. Pudo ir un poco más lejos, sobre todo si se tiene en cuenta los fenómenos narrados y el peligro (sobre todo en el último capítulo) de un ciclón a punto de atravesar la ciudad.

No se trataba de un simple ciclón. Era también la metáfora del más importante cambio que estaba por suceder en la vida de Conde (dígase abandonar su trabajo de investigador en la policía y dedicarse por completo a su pasión por la escritura), pero también de ese otro cambio que se espera ocurra en una Habana que no tiene estaciones del año reales y que tienen que ser sustituidas por períodos de crímenes. El sonido del ciclón pudo ser una presencia a la vez terrorífica y esperanzadora.

Sí, se intenta trasmitir con desmedido esmero la mítica sensualidad y sexualidad del cubano, por tanto, no es extraño que Conde termine enredado en la cama (o fantasee) con alguna implicada en los crímenes, que al final siempre le destroza el corazón, ávido de cariño femenino.

La fotografía por su parte intenta recrear una estética noir (ya los críticos se refieren a una especie de “noir tropical”), necesaria para la trama policiaca, de intrigas y de crímenes que intenta mostrar la miniserie. Lo hace acertadamente, opacando casi el perenne sol de los días habaneros y dotando a los personajes de ese misticismo gansteril del género.

 

A pesar del sol omnipresente en el paisaje cubano, la miniserie recrea la estética noir. En la imagen, el personaje de Mario Conde.

A pesar del sol omnipresente en el paisaje cubano, la miniserie recrea la estética noir. En la imagen, el personaje de Mario Conde.

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Elegantemente filmada, al final no hay sorpresas con la miniserie. Para aquellos que han visto el cine que se hace normalmente en la isla, o simplemente para los cubanos, es un relato más de la ciudad que habitamos. Una ciudad que carga con el peso de su no siempre alegre historia y de su clima sofocante. Una ciudad en la que se cometen crímenes (como cualquier otra), en la que hay destrucción (como cualquier otra), en la que hay personajes sui géneris (como cualquier otra). Cualquier otra ciudad puede ser escuálida y conmovedora.

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