La carga o diario de un naufragio en tierra de nadie
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La carga o diario de un naufragio en tierra de nadie

Por: Antonio Enrique González Rojas

 

Aunque Enrique José Varona alegaba que lo único eterno en la existencia es el cambio —ergo movimiento, transición, proceso—, cualquier nimio instante de estatismo resulta más abrumador que la eternidad misma. La cesación de toda posibilidad de traslación de un lugar a otro, de permutación de estado, desata pues el terror a la no existencia. Esto resulta peor que la muerte misma, si tal se asume como otro cambio de estado cualquiera en la dialéctica de la vida.

 

Detenerse resulta igualmente la disolución de todo propósito y toda posibilidad, quedando vulnerable a los embates de la vida que prosigue su curso inmisericordemente malthusiano. Es ser relegado a un borde más allá de los márgenes y otredades usuales de la cartografía existencial. Es ser expulsado de la propia vida, y ganar plena conciencia del destierro, el naufragio, el exilio.

 

la carga idfa

Marco Olmos y Victor Alexis Guerrero en IDFA 2015

Hacia estas latitudes ignotas, donde yace una terra incógnita diluida en la desesperanza, es lanzado un grupo de hombres a bordo de un tren, cuyo propósito inicial: descargar una mercancía X en un lugar tampoco esclarecido, es frustrado por fuerzas más anónimas que la propia estiba. La crónica de este naufragio ferroviario es recogida en el documental intitulado precisamente La carga (Víctor Alexis Guerrero Stoliar, 2015), cinta calificada como road-stop movie, ganadora del Premio Especial del Jurado en la edición 15 de la Muestra Joven ICAIC y el Biznaga de plata en el Festival de Málaga de 2016.

 

 

 

Despojados repentinamente de su propósito, los hacendosos trabajadores se ven bloqueados, marginados y olvidados por la indecisión de un poder abstracto, apenas definido como “puesto de mando” o “los jefes” que dictan comandos confusos. Estigmatizados por la desidia de los portadores de la misteriosa carga, quienes no acaban de arribar con la consecución del propósito, con la devolución del sentido a su existencias varadas. El rescate no arriba a sus costas, no por desconocimiento de localización del pecio, sino por obliteración consciente de sus existencias y angustias.

 

En singular diálogo con El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962) —y por transitividad, con las apropiaciones cubanas que son Los sobrevivientes (1979) y Lista de espera (Juan Carlos Tabío, 2000), esta última confesa—, los protagonistas de La carga, aherrojados por la fatalidades misteriosas, comienzan una obligada dinámica de convivencia-supervivencia endógena. Generan nuevas rutinas, diálogos, nuevas colaboraciones, solidaridades, alianzas; nuevas motivaciones y jerarquías de valores. No afloran miserias e iniquidades como sucede en los distópicos El señor de las moscas y El sepulcro de los vivos (y epígonos). La cámara de Saurabh Monga recoge una suave concordia, sin altercados ni pugnas por establecer jerarquías, narcotizados como están por el sopor de las mañanas y tardes de inactividad y espera vana. Se suscita en este tren varado una comunidad cuyos objetivos se tornan más nebulosos, lejanos, ajenos, y finalmente desaparecen, dando lugar quizás a nuevas prioridades, a nuevas dinámicas vitales; en una suerte de respuesta-resistencia resignada al tedio que los abruma a oleadas.

 
Contemplamos entonces una comunidad armónica, casi adormecida entre los efluvios del ocio y el inmovilismo. Sin fuerzas más que para aguardar entre comidas, confesiones, remembranzas y finalmente: música y baile como máximos recursos de alienación ante la disolución de objetivos vitales más altos.

 

 

still la carga

 

El diálogo de Guerrero Stoliar con el cine cubano “clásico” se desplaza entonces hacia la secuencia introductoria de Memorias del subdesarrollo (Tomás Gutiérrez Alea, 1968), la conclusión de su epigonal Un día de noviembre (Humberto Solás, 1972), y claro, hacia los documentales PM (Sabá Cabrera y Orlando Jiménez, 1961) y Los del baile (Guillén Landrián, 1965); con los cuales igualmente comulga en el método observacional y las perspectivas socio-psicológica.

 

Finalmente, la misión es cumplida. La carga es “descargada”, los náufragos se libran del aislamiento. Un gran vagón libera una avalancha de rocas y de un polvo que se enseñorea de todo el cuadro: engulle las figuras humanas, el arriba, el abajo, homogeneiza el espacio.

 

Un documental contemporáneo: El enemigo (Aldemar Matías, 2015), casi simultáneo a La carga, concluye con una imagen igualmente inquietante, donde el humo de las ruidosas bazookas de fumigadores termina invadiendo la diégesis, obliterando todo atisbo de individualidad en una homogeneidad grisácea. Así sucede con la polvareda de La carga: se impone como gran y final alegoría del exterminio de toda particularización que ha venido perfilándose a lo largo del metraje. Los protagonistas a ni siquiera son náufragos, son meros engranajes del mismo tren, piezas anónimas de un proceso saturnino, que no dejan de cumplir con su oscuro deber.

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