Miguel Coyula, el cineasta que no existe
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1.Miguel Coyula, el cineasta que no existe

Por Andy Muzalf

El que viene a ofrecerme agua es el mismo que me recibió en las escaleras del edificio y que me trasladó hasta una de las habitaciones de un enorme apartamento del Vedado. La decoración y los muebles son de un buen gusto perdido ya en las casas cubanas. Hay un televisor, dos sillones y varias sillas en desorden que convierten la estancia en una improvisada salita de proyecciones.

Era evidente: este debía ser el lugar exacto donde Miguel Coyula proyecta Nadie, su reciente documental, para quien lo quiera ver.

– ¿Algo más o solo agua? – pregunta con tono servicial. Ni ese tono ni la figura quijotesca del que pregunta encajan con alguien nacido y criado en semejante casa. Como al Enrique de La consagración de la primavera, a Miguel Coyula le gusta el peligro más que las comodidades. Lo demuestra su trayectoria artística.

– Solo agua – le digo y me fijo en que va muy cómodo de ropas. Aunque está en su casa, parece que usaría ese conjunto de pescador, pullover y chancletas si alguna vez tuviera que caminar la alfombra roja de los Óscar.

Moda aparte, Coyula no es de los que hacen cine para participar en los premios tal o en el festival X. Su casa es probablemente el único lugar en el mundo donde se está exhibiendo Nadie, una historia de amor (y, por tanto, de odio) entre el poeta cubano Rafael Alcides y la Revolución cubana. Hasta el momento, ni este documental ni sus películas anteriores tienen distribución comercial.

Tampoco lo invitan al Festival de Cine de La Habana o lo programan en las salas de exhibición cubanas. No encaja en el cine comercial y no está en el canon de lo que debería ser “cine de autor”.

Miguel Coyula es un cineasta que no existe.

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El hacer cine para el director de Memorias de desarrollo es más bien  un “hobby desmedido”. Sus películas son artesanales, caseras. Son obsesiones.

– El problema con el cine es que si te lo empiezas a tomar demasiado en serio, como una carrera competitiva donde tienes que encajar en determinados perfiles, sean industriales o sean de cine de arte, ahí mismo se mata la intuición.

– ¿Qué haces entonces?, pregunto.

– Trato de conservar el mismo espíritu adolescente de cuando empecé a hacer mis primeras obras. Para mí es muy importante mantener la capacidad de tomar ventaja de lo que es hacer cine independiente, porque muchas veces esto se hace solo en el sentido de poder financiarlo del bolsillo propio, con vistas a ser aceptado por la industria o por los circuitos establecidos de cine de arte. Y para ser independiente hay que serlo en contenido y en forma.

En 2007 Miguel Coyula emuló al legendario director de cine cubano Tomás Gutiérrez Alea, cuya Memorias del subdesarrollo (1968) está considerada como una de las mejores películas del llamado Nuevo Cine Latinoamericano, obra maestra de la cinematografía cubana y símbolo del, por aquel entonces, recién fundado ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos): verdadero laboratorio de ideas y de experimentación dentro de una inaugurada Revolución que buscaba reafirmarse, además, a través de su cine. Memorias del desarrollo (2010) se estrena 42 años después y en los créditos no aparece el ICAIC. Es una película independiente en toda su extensión.

Nuestro Instituto de Cine siempre fue el único productor y distribuidor de todas las películas cubanas, hasta que Cuba entró en lo que se denominó Período Especial (1990-?) y, en aras de mantener la cinematografía nacional, tuvo que permitir las coproducciones con otros países, fundamentalmente España. Ahora mismo, el ICAIC casi no existe. Ha envejecido. Y con él, todas las estructuras que facilitaban que un director de cine pudiera hacer su película. Se ha convertido en una fuente de problemas, según los propios realizadores.

Esa es una de las razones por la cual varios cineastas cubanos han optado por hacer sus películas con productoras no estatales y aplican a fondos extranjeros para financiar sus proyectos (además de las otras, lógicas, de explorar nuevos campos de creación). Ellos mismos –y la mayoría de la crítica– han optado por definirse como “independientes”.

– ¿Crees que se les puede llamar “movimiento independiente” a los que están realizando sus películas con otras productoras?

– Movimiento sería algo así como Dogma 95, donde varios autores adoptan una postura creativa y filosófica detrás de cada una de las obras. Pero aquí en Cuba yo creo que no. Creo que cada realizador tiene su propio perfil y falta un poco de relación entre los cineastas, algo así como intereses comunes. Por otro lado, esto me parece bien. Si cada uno tiene su manera de expresarse conformarían entonces un cine distinto, o generarían distintos puntos de vista para que exista entonces un cine nacional o un movimiento de cine independiente donde confluyan distintos modos de pensar.

– ¿Crees que están proponiendo algún rompimiento estético interesante, además de tocar temas que no privilegia el ICAIC?

– Desde el punto de vista de temáticas, Santa y Andrés es una película cuyo tema, sobre todo el de la violencia física contra los disidentes por parte del gobierno, es bastante poco tratado en el cine de ficción cubano. Desde lo estético, La obra de siglo me parece una de las películas más interesantes de los últimos años porque a pesar de que el director aplicó a fondos extranjeros, logró hacer algo distinto.

– ¿Cuál es mayor peligro que pueden correr estos cineastas?

– El problema y el peligro mayor es que el que paga manda, y cuando los financiamientos vienen de otra parte del mundo, donde se entiende una manera determinada de hacer cine, surge este problema.

En el caso de Coyula, los financiamientos nunca han venido a través de instituciones, sino de individuos que le dan dinero a cambio de agradecimientos especiales en los créditos.

– Todos los mercados a los aplico me rechazan –dice Coyula y la expresión no es de consternación sino de victoria. Yo creo que lo importante es dejar que esas personas vengan a ti, porque si empiezas a tocar puertas siempre vas a tener que hacer un compromiso.

Cuando Coyula empieza a filmar una película, no hace tráiler. Así va dedicando esfuerzos a filmar cosas que va a utilizar en el film como tal, y no un video para llamar la atención de un posible financiador. Poco a poco le agrega escenas a la película y va creciendo. Las personas que se acercan a ver lo que está hecho ya están interesadas en parte del posible el producto final.

– El cine que yo hago es casero. Mi equipo de realización lo conformamos mi esposa y yo. El poco dinero que tenemos lo empleamos en pagarle a los actores. Es un pago simbólico, pero como yo hago la cámara, la edición y el sonido, y ella el diseño de vestuario, el maquillaje y la asistencia de dirección, podemos pagar algo.

De hecho, en la filmación de lo que será la próxima película de Coyula (Corazón azul) ya han perdido dos actores.

– Lo comprendemos. A veces son escenas duras y el pago es muy poco.

Still de Corazón Azul

Still de Corazón Azul

El director de Memorias del desarrollo y Cucarachas rojas me enseña ahora en el iMac en el que trabaja la escena que propició que uno de esos actores dejara la película. Es un edificio consumido por el salitre y el actor en cuestión, un rostro bastante conocido en nuestro cine, viene corriendo hacia la cámara a toda velocidad por uno de los pasillos que parece a punto de venirse abajo. Tropieza y del bolsillo de la camisa que lleva puesta cae su camarita personal al piso. Al otro día llama por teléfono inventando una excusa.

El actor es uno de los protagónicos del filme y Coyula tendrá que cambiar el guion.

– Creo que lo mataré –propone. Los obstáculos son muy importantes a la hora de crear: el no saber, el no tener predeterminado a nivel de estructura qué sucederá en la película e ir descubriéndola a partir de la química propia que se va formando.

– ¿Entonces de qué vive un cineasta cuando su cine no genera ingresos? La pregunta creo que está fuera de lugar: delante de mí hay, por ejemplo, una hermosa Silla con espaldar en médaillon estilo Luis XVI.

– Uno no vive del cine, uno vive para el cine. Siempre tienes que hacer algo más. Por suerte, al menos me invitan a universidades norteamericanas para deconstruir mis películas. Esa es la manera que tengo de subsistir porque, por ejemplo, en la Escuela de Cine no me invitan a nada, como tampoco me invitan al Festival de Cine. Estoy completamente fuera. Dar clases es una forma de ganarse la vida un poco más decente que hacer videoclips de reguetón.

– ¿Harías un videoclip para ganar dinero? –le pregunto. Más bien es un chiste porque no me imagino al director de Clase Z tropical siendo entrevistado en los Lucas.

– El videoclip es un género que me gustaría hacer pero, por supuesto, con control creativo total y con una canción que me interesara. O sea, que es bastante difícil ahora mismo. Hay músicos muy buenos pero no hacen una música comercial y jamás encontrarían un presupuesto para hacer un videoclip.

– ¿No crees que algunos realizadores de videoclips tienen una mirada colonizadora de su propia realidad?

– En el videoclip, el que paga es el que manda: el realizador está al servicio del músico que lo contrata y debe reforzar de alguna manera la visión que tiene ese músico. Con el “cine independiente” pasa algo parecido. Por ejemplo, Ibermedia generalmente potencia películas donde tienes que mantener un perfil narrativo bastante tradicional y donde lo experimental no encaja. Lo mismo pasa hasta en el cine de arte: hay muchas fundaciones en Europa que financian el cine latinoamericano, pero el perfil que se tiene o lo que se entiende como cine de autor latinoamericano también es muy definido; y hay muchos realizadores que incluso se quejan de que cuando empiezan a enviar sus guiones se los transforman para adaptarlo a ese perfil. Me parece terrible porque supuestamente estas instituciones están defendiendo un cine de autor latinoamericano y ves entonces cómo las películas se empiezan a parecer entre sí. Eso destruye la idea de lo que debe ser el cine de autor, con una voz única y distinta. Se hace muy difícil mantenerse sin interferencias de ningún tipo.

Miguel Coyula ha transformado una de las habitaciones de su casa en su estudio de filmación y edición. / FOTO: Still de la serie documental Interrump This Program (CBC)

Miguel Coyula ha transformado una de las habitaciones de su casa en su estudio de filmación y edición. / FOTO: Still de la serie documental Interrump This Program (CBC)

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Miguel Coyula era todavía un adolescente cuando le regalaron su primera cámara VHS. Empezó a jugar con ella hasta que se volvió un escape de la vida diaria. Fue una gran revelación descubrir que podía combinar con esa cámara sus dos pasiones: escribir y dibujar cómics. Pero como no tenía computadora ni sala de edición tenía que filmar en orden cronológico.

Sus dos primeros mediometrajes los hizo de esa manera y se acostumbró a trabajar de un modo casi artesanal. Por eso, entrar a la Escuela de Cine [Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, EICTV] representó un choque con el modo de producción industrial en la que usualmente es asignado una persona que cubre las demás especialidades.

– El hacer cine implica para mí una relación tan cercana con el material que me tendría que convertir en un dictador para trabajar con un equipo y es algo que no quiero hacer. Me es más más fácil trabajar solo y es la única manera que he conocido. Se trata de mantener una atmósfera y para eso debo dominar el ritmo de la película, tanto en el guion como en la fotografía, la música o la edición.

– ¿Cuáles son tus referentes a la hora de hacer cine?

– Al principio, mis únicos referentes eran la película del sábado y los dibujos animados japoneses. La animación japonesa fue realmente mi primera escuela porque, a nivel visual, los japoneses nunca tuvieron mucho presupuesto, y por tanto, el diseño y montaje de las escenas tienden a ser muy dinámicos. Me atraía también el dramatismo de esos dibujos animados: tenían finales bastante deprimentes.

Coyula tampoco se perdía el mítico programa de la televisión cubana 24 por segundo, en los que Enrique Colina analizaba escenas de películas clásicas. Luego, en la Cinemateca de Cuba, empezó a ver películas de Antonioni, Godard, Orson Welles y Tarvskoski.

– Recuerdo que mi mamá llegó un día a la casa y me dijo: “tienes que ver Solaris que te va a interesar muchísimo”. Y así fue. Descubrí un cine de ciencia ficción que no era el que yo estaba acostumbrado a ver hasta ese momento.

Sobre todo, Miguel Coyula tiene una máxima para emprender un proyecto cinematográfico. No recuerda quién lo dijo, pero sí puede recitar lo que dice: “nunca hagas una película sobre un tema que odies o ames porque, si no, se vuelve una película de propaganda; solo hazla si no estás seguro si la odias o la amas”.

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El ganador de la beca Lee Strasberg Theatre Institute en 2001 y de la Guggenheim Fellowship en 2009 fue bastante apolítico desde niño. Nunca le ha interesado ser parte de la masa en un partido político.

– Cuando uno es adolescente y se da cuenta, en medio del Período Especial, que todo es un desastre y que incluso las conquistas de la Revolución como la salud pública o la educación están llenas de corrupción, te vuelves muy crítico no solo con la realidad cubana sino con cualquier otra realidad de mundo. Te vuelves un inadaptado.

Miguel Coyula y Rafael Alcides durante la filmación de Nadie. FOTO: cortesía del entrevistado

Miguel Coyula y Rafael Alcides durante la filmación de Nadie. / FOTO: cortesía del entrevistado

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El inadaptado es un personaje recurrente en la obra Miguel Coyula. Memorias del desarrollo se adentra en la vida de un escritor cubano que se exilia y Nadie, que acaba de ganar el Premio al Mejor Documental en el X Festival de Cine Global Dominicano, la de un poeta cubano que se queda en Cuba, pero que se convierte a su vez en un inciliado, porque está totalmente fuera de todos los circuitos de la vida cultural y política del país.

– Me atraen los personajes que no se adhieren a ninguna forma preconcebida de lo que debe ser un intelectual o un político. Los que se quedan al margen de todo tienen una visión más crítica de la sociedad y entonces crean contradicciones. Son tan honestos que están condenadas a no encajar.

– ¿Cómo encontraste al personaje de Nadie?

– A Rafael Alcides lo conozco desde niño. Es un documental que viene a mí más que yo ir a buscarlo. Tampoco había un plan de a dónde iba a ir, más allá de que inicialmente quería dejar plasmado un testimonio de él, a partir de una conversación que se realizó a lo largo de un año en la que fue naciendo la historia de la Revolución dentro del drama de Alcides.

– ¿Cómo fue filmar al poeta Rafael Alcides?

– Muy fácil. Es un gran conversador. Inicialmente no quería hablar nada de su vida personal porque, como siempre ha dicho, las biografías no le interesan. Lo único complejo fue darle la vuelta para que los elementos biográficos partieran del impacto emocional de una historia específica y que colateralmente abriera una ventana hacia la personalidad de Alcides.

Póster del documental Nadie (2017)

Póster del documental Nadie (2017)

– ¿Qué narras en el documental?

– El documental es la visión de una persona que, desde una posición civil, puede hablar sobre la historia social y política de su país sin restricciones de ningún tipo. En su generación –que es la de Fidel– es muy difícil encontrar una persona que pueda hablar sin filtros y Alcides se atrevió a hacerlo.

– ¿Tuviste muchos obstáculos?

– Desde el punto de vista creativo no hubo muchos obstáculos. Tampoco tuvimos un guion, por tanto, fue a partir de la edición que empecé a notar cosas y preguntas específicas que hacerle a Alcides. El desafío fue darle estructura a la película, una estructura que no fuera predecible.

– ¿Crees que es un documental contrarrevolucionario?

Coyula reflexiona y se ríe por un momento. Antes de que Nadie se convirtiera en un largo documental, estaba pensado para que fuera una webserie. Para uno de los capítulos de esa serie un conocido Dj puso la música. Cuando se estrena en Internet el jefe del Dj –del Laboratorio de Música Electrónica– recibe una llamada del Ministerio de Cultura para decirle que uno de sus músicos había colaborado con un “material contrarrevolucionario” y que tenía que hacer una carta repudiando al cineasta, si no, lo iban a botar de allí. El músico, que obviamente no quería ganarse un problema de gratis, mandó la carta a Coyula (con copia a su jefe y al Ministerio de Cultura) diciéndole que no lo autorizaba a utilizar su música en “materiales contrarrevolucionarios”. El también autor de una novela editada solo en Miami (Mar rojo, mar azul) le contestó que solo los críticos podían decir si lo que él hacía era cine contrarrevolucionario, no los funcionarios ni los políticos de turno.

– Para mí –contesta finalmente el de la figura quijotesca– un arte revolucionario es un arte que critica con ojos muy duros la realidad donde vive sin estar al servicio ni de los políticos ni del mercado. ¿Qué pasa? El concepto de Revolución ha sido secuestrado porque revolución desde el punto de vista político y social significa un cambio constante. Además, lo que estamos viviendo ahora es un capitalismo de bajo presupuesto. ¿A dónde han ido a parar entonces los ideales de la Revolución?

***

– Ahora vengo con tu agua –me dijo el que me había recibido en la puerta principal del edificio y me había llevado hasta la improvisada salita de proyecciones de su casa. Coyula es así de servicial. Esta vez la proyección de Nadie será solo para mí. Ha de haber sido así desde que la estrenó, a cuentagotas, posiblemente en esta misma habitación. Una proyección personalizada en la que después puedes preguntarle lo que quieras a su director.

Me pareció que la primera pregunta debía ser sobre la censura en Cuba. Santa y Andrés ha sido como la punta del iceberg de un fenómeno mucho más grande que data desde la fundación misma del ICAIC. Después de la experiencia que deben haber adquirido los censores en este asunto, y dado que siempre existirán censores mientras haya relaciones de poder, todavía se siguen censurando películas como la de Carlos Lechuga. Coyula ya no hace ni el intento de proponer las suyas.

– ¿Cómo describirías una censura más inteligente?

– El problema es que ni siquiera llega a un nivel superior porque es un censor que está a un nivel más bajo que tiene miedo de cómo se puede interpretar eso a un nivel de censura superior.

– La censura más inteligente… –continúa Coyula pero no encuentra cómo terminar la frase– es que no debería existir censura.

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